Cuanto más lo resolvamos con lugares e instalaciones, más fácil resulta pensar que la seguridad es algo que ya está "resuelto". Pero el agua no negocia, y no mira si el lugar está bien acondicionado. La responsabilidad personal —saber nadar, mantenerse sobrio, sujetar a tu hijo— sigue siendo la primera línea.
Donde las cosas salen mal, el problema rara vez reside en la falta de zonas de baño; reside en la habilidad y la conciencia. En los Países Bajos, donde trabajo, esto está muy presente ahora mismo: la enseñanza de la natación está bajo presión y no todos los niños aprenden ya a nadar bien de forma natural. Los Países Bajos no están solos en esto: por toda Europa se encuentran ejemplos similares, desde el retroceso de la enseñanza de la natación hasta niños que crecen sin experiencia acuática, aunque el panorama varía mucho de un país a otro. Ahí está el freno, no en el número de lugares. Ninguna nueva charca recreativa hace más seguro a un niño que no sabe nadar.
Entiéndanme bien: no estoy en contra de las buenas zonas de baño; al contrario, los lugares bonitos y seguros para bañarse son valiosos. Pero son el segundo paso, no el primero. Si invertimos el orden —primero la infraestructura y solo después las personas—, construiremos un país lleno de instalaciones que no tocan el verdadero problema.
Dediquemos, pues, la energía allí donde más rinde: aprender a nadar, aprender a calcular el peligro y ser conscientes de que las aguas abiertas nunca son seguras por sí solas. Invierte primero en las personas, después en los lugares. No es un mensaje popular en un día de calor, pero sí es el mensaje que salva vidas.